decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor
decor


Desde que ando buscando una razón para esto que me ocurre, me siento como un ser de otro mundo. Porque no es justo que sólo yo en este lugar pueda ver lo que acontece. Es un extraño laberinto de máscaras y espejos que no puedo entender, pero sí me doy cuenta que son producto de mi imaginación o de la imaginación de todos los que están aquí. Y todos piensan que es que estoy perdida en los laberintos de mi mente. Que estoy corriendo tras una sombra perdida en el pasado. Pero me doy cuenta de que si yo los veo y ellos no lo ven, entonces sí son reales. Porque cuando entro al trance se agudiza todo y empiezo a sentir el otro mundo. Juan me explicó que era un mundo paralelo, un mundo astral. Pero desde niña fui tildada de chiflada y me corrieron por todos los doctores, que me abrían los ojos con luces incoherentes e inadecuadas, para luego, detrás de un uniforme blanco y a veces manchado de sangre de diferentes juegos con su karma, decirle: "su hija no tiene absolutamente nada". ¡Que imbéciles son!

A veces pasan las horas y los gatos y perros corren por la casa pasando desapercibidos. Nadie los ve excepto yo. ¡Cómo mueven sus rabitos los animalitos que viven en esta casa! Todos dan vuelta en torno a un círculo de otros animalitos que viven en las demás casas. He visto hasta caballos corriendo alrededor del bloque. Esos mismos caballos feos de diferentes colores que están amarrados a palos de un carrusel. Es así como caminan todos sin darse cuenta de que han construido el carrusel para seguir dando vueltas y vueltas en el mismo lugar, siempre pensando que como todos los caballos en el carrusel, con sus bellas riendas de palo de colores llamativos y como sus alrededores están adornados con luces artificiales, incoherentes e inadecuadas de distintos colores, siguen dando vueltas en ese mundo artificial. Por eso es que me he enamorado de Juan, porque aunque él es un poco así como yo que ve muchas cosas locas a veces, me ayuda mucho en mis dilemas. El fue el que me enseñó a entrar en el trance. No fue hasta los 16 años que pude entender lo que me ocurría. El torrente y la cascada de información bajaron y me cayeron entre mis dos verdades. Era obvio que yo lo que veía existía porque a veces Juan lo veía también.

No fue hasta que Juan me ayudó a que los demonios del pasado se alejaran de mí. Juan siempre dijo que los demonios no existían y aunque él no creía en Jehová, él decía que los demonios eran personas muertas de este mundo, que no les tuviera ningún miedo, porque el miedo les hacía acercarse mucho más. Juan me ayudó mucho a entenderme a mí misma. Practicábamos por teléfono los trances. Cuando me entraba a ver las luces, un túnel de luz blanca aparecía enfrente de mí y al final veía una oscuridad. Sentía a personas alrededor de mí. Todos se reían, las puertas se cerraban y nuestras historias convergían en miles de puntos. Todos los que estaban allí me conocían pero yo no los recordaba. Entoces comencé a temblar fuertemente y no me detenía. Estaba desbocada como yegua. Aparecieron muchos sin cabeza con ganas de arrancarme la mía. Juan hacía lo que podía para sacarme de esto, pero le era muy difícil hacerlo por teléfono. En ese día algo o alguien se posesionó de mí y dijo: "Esto es lo que te toca por el suicidio". Finalmente se fue de mí y me oriné en la cama.

Juan quería que yo cayera en el trance para salir de todo esto y adentrarme al mundo paralelo. Yo no quería y estuve muchos meses viendo cosas y cosas. Caballos, pájaros, águilas en peligro de extinción, peces, langostas y el carrusel seguía dando vueltas. A veces en las noches no dormía con miedo a que estos entes volvieran a acecharme. Me acuerdo de que cuando niña hablaba con mi mejor amiga en la noche, la puerta de mi cuarto. Era el lugar por donde entraban y salían los del más acá y allá a mi mundo. Todo el mundo entra por la puerta. Largas horas y horas hablaba con la puerta y no dormía nada esperando que no ocurriera algo al dormirme. A veces sentía que una gran víbora estaba en mi cuarto, en el piso y daba vueltas y se escondía entre los muebles, en el closet, en las gavetas, pero que finalmente la agarraba y la metía dentro de su pecera. No podía seguir más en esta tortura, así que corría donde Juan para que organizara un lugar y un momento para entrar en el trance en su presencia.

Entonces Juan dibujó un pentagrama en el piso y cada punta de las estrellas apuntaba a algún lugar energético de la Tierra. Juan hizo que me acostara encima del pentagrama y pusiera mis manos y piernas en cada punta del pentagrama. Mi cabeza estaba apuntada hacia el Polo Norte. Luego Juan encendió incienso en las cuatro esquinas de la habitación, llenó unos vasos de agua y regó flores silvestres. Luego encendió una vela en cada punta del pentagrama. Se paró enfrente mío y comenzó a narrar lo que tenía que hacer. Respiraba hondo, bien hondo y me relajaba poco a poco. Sentí que todo me soltaba y me despegaba del cuerpo, como si fuera a dormir de nuevo. Luego me empezó a narrar sobre un túnel de luz en el cual al final había un mundo. Me perdí en ese lugar. Aparecí en una casa de espejos, o eso parecía. Estaba loca o estaba en otro mundo. Finalmente me di cuenta de que estaba en mi mente. El punto donde el alma y el cuerpo se encuentran. Donde el cerebro se divide del alma. Veía que todos estabamos perdidos, en una casa de espejos. Todos, todos, todos estábamos perdidos. Todos se reían de lo que veían. Algunos se miraban en espejos doblados y se veían diferentes. Algunos se miraban en espejos y no se parecían en lo absoluto a lo que son. Milenios olvidados en espejos que cubren lo que en verdad son. Otros al romper los espejos enloquecían por no saber a donde ir. Otros miraban buscando una salida porque no soportaban mirar su piel de reptil en los espejos. De ahí salí hacia el carrusel donde seguían dando vueltas los caballos. Entonces vi a los hombres caminar como locos por los alrededores. Muchos montados en el carrusel de vehículos: aviones, carros, carros lujosos, motoras, botecitos, lanchas y naves espaciales. Todo entremezclado en una enredadera verde que no los dejaba salir cuando esta se abrazaba a los vehículos en que ellos estaban montados. Paseando estaba un papá con una cruz en los aires con veinticinco buitres dando vueltas en el cielo. Todos esperando que el viejo terminara de caminar para comer de su cuerpo muerto. Algunas máquinas se descontrolaban y daban tantas vueltas y vueltas hasta que sus pasajeros salían expulsados de ellas y se convertirían en pájaros de mal aguero. Otros morían por no poder abandonarla porque la enredadera no los dejaba salir. Muchos indios en motora corrían por el lugar gritando, bebiendo y bailando. El aire estaba lleno de diferentes pájaros que peleaban por un poco de espacio en el cielo. Entonces los aviones pasaban y los cortaban y los mataban. Payasos y más payasos llevando las mismas luces incoherentes se reían de los que salían disparados de las máquinas. Algunos payasos corrían hacia las fuentes de agua para lavarse la cara y quitarse su pintura. Los elefantes corrían desbaratando las tiendas y comiendo de todo lo que encontraban. Entonces vi los conejos en el piso y me dieron la orden de comérmelos. Entonces vi a los indios comérselos, a los payasos, a la gente, a los elefantes y fue cuando levanté uno y le clavé mis dientes. Su sangre sabía exquisita. Uno de los payasos llegó hacia mí, se quitó un poco de su pintura y me pintó la cara. Todos los payasos del circo comenzaron a acercárseme y a quitarse un poco de su pintura para pintarme la cara. Uno me prestó su pantalón, otro su camisa, otro su peluca y cada uno me dio algo y me convertí en payaso. Entonces una niña desnuda apareció enfrente de mí y me dijo: "Aunque no quieras, tú eres uno de nosotros". Yo era esa niña hace muchos años. Entonces corrí escapando del circo y regresé al cuarto. Llorando me levanté y abrazé a Juan. Juan me preguntó: "¿Qué ocurre?" y le contesté: "Soy uno de ellos".


Juan M. Solá Sloan
Segundo Premio
Certamen Literario
Semana de la Lengua
1994