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Al final del salón había una caja dorada, medio abierta. Yo estaba muy lejos para ver lo que adentro había. El cuarto estaba poco habitado, apenas dos o tres personas, con caras largas y tristes. Entré con miedo, sin saber qué decir, qué hacer. Jamás imaginé verme en este lugar… Por más que intenté no veía; sólo veía esa mortaja azul, tu traje azul.

Me pareció que estaba sola, aún consciente de las personas. El se me acercó. Me dio un discurso que jamás pensé saliera de su boca. Pero seguí caminando por el espacio que dejan las sillas cuando son acomodadas para que un grupo de personas hagan de espectadores. Pero sólo había dos o tres personas…

Estoy más cerca, pero aún no te veo. Puedo ver tu traje azul… tan serio… tan tuyo… tan tú… ya estoy frente a tu ataúd, la hermosa caja que tiene la dicha de estar contigo toda una eternidad. La acaricié con brillo en mis ojos… Abrí la caja en su totalidad… arrugué mi vestido negro… Ahora estaremos juntos, por siempre… tú, la caja y yo.


Doribel Rivera Rosado
Tercer Premio
Certamen Literario
Semana de la Lengua
1998