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Clamor sombrío, este, mi presagio desaliento;
sacrílego arrullo que languidece en mis labios.
¡Canto cruel! no hallarás vil aposento,
que acoja tus versos, sin expiar sus agravios.
Habrá sístole tenue que a mi sangre impía,
pueda desterrar cual penuria de mi corazón.

Qué atávico cuerpo, lívido y desalmado;
con el yugo en su espalda, contempló fe alguna.
Acaso él, íntegro, con su retruécano pasado;
comerá de tu carne, que en siglos postreros,
tornó su yerro en nuestra fortuna.

¿Para qué el sollozo de un desahuciado infante?
Estela desgarradora de su madre impotente.
¿Para qué el brío de un libertador centelleante?
Si ha de perecer entre las cadenas de su gente.

Acaso juzgáis al humilde con látigo tajante,
más con misericordia a nuestra turba, su eminencia.
¡Qué salvaje desamparado en su martirio recalcitrante,
puede dar palabra de tu ecuánime omnipotencia!

¡Ay! del seno femenil que dio sustento a mi boca.
¡Cómo ha de arrastrar con pretéritos pesares!
Qué razón sosegada no te concebiría una roca.
Cómo yo he de amarte, si inverosímil te mostrares.
¿Cuál designio me entregará, ante el vulgo irracional?
¿Quién comerá de mi corazón, surtido en pedazos?
El precio de injuriar a este mundo pasional,
será sufrir sin el consuelo de su brazos.


Richard A. García Pérez
Tercer Premio
Certamen Literario
Semana de la Lengua
1999